Me quedan sentimientos encontrados.
Solo quisiera tocar algunos puntos para no quedar con la saliva en la mitad de mi garganta.
Hablando muy en serio, creo que lo malo de un paro es, sin duda, el hecho de perder clases, y esto no lo digo solo por discurso. Sin embargo, esto de las clases en la universidad hace tiempo me trae algo cabizbajo. Cuando miro fotografías de los talleres de arquitectura en Los Cerrillos me da envidia “sana”, pero envidia al fin y al cabo. El concepto de taller, para referirme a este punto, creo que ha cambiado notablemente, o nos hemos olvidado de su real significado. Nadie pone en duda la calidad de nuestros profesores y maestros, lo cual hace más triste la idea de hemos perdido los “talleres” en nuestras aulas. Si Rembrandt fuera mi maestro no me separaría de él, por lo menos hasta el momento en que le haya estrujado el conocimiento y lo comience a considerar un viejo fome, con ideas fomes, y sus monos fomes.
Hoy en día poco a poco el mercado comienza a inundar nuestras aulas: el alumno llega, el profesor hace su cátedra, el alumno se va; y para colmo de males, todo apunta a que en un futuro el contacto alumno-profesor será a través de un computador. Solo quisiera concluir una sola idea y dejar sobre la mesa las otras. Las únicas veces que me he sentido realmente en un taller en la universidad ha sido en momentos de paro, específicamente en los años 2005 y el actual 2008, años en que creamos y reabrimos el “taller mano alzada” respectivamente. Creo que es sorprendente la manera de aprender a trabajar en grupo y de hacerlo realmente, aquello que tanto fomentan en las diferentes asignaturas y que no resulta ser más que la sucesión del trabajo de los mismos de siempre. Lo anterior es solo una arista de lo que se puede resumir como un conjunto de valores que se aprenden: respeto, amistad, tolerancia, por nombrar algunos. El poder es algo que se da en todo orden de cosas, pero nadie trata de ejercerlo e imponerlo, por el contrario, si a alguien le parece algo malo lo dice y se discute, porque hay espacio para hacerlo, y nadie llega se sienta en una “silla” y trata de combatir el sueño.
No se debe olvidar que somos jóvenes, y por lo mismo es que tenemos mayor derecho a equivocarnos que aquellos que han escrito más hojas en su libro de vida. Sin embargo tenemos menos que perder y eso puede explicar algo. Error o no, el parar las actividades es un gesto de golpear el vaso en la mesa aunque se rompa y comience a mojar todo lo que esta a su alrededor, sin embargo después de ese vaso vendrán muchos más y cuantos sean necesarios. Pero lo que no debe pasar es guardar el vaso tras una vitrina polvorienta y que nunca más se usará. No obstante, no somos tan tontos como para creer que con un paro conseguiremos cambiar la educación en Chile, pero quisiéramos que, por lo menos, quienes se encargan de hacer sentir aquello que los estudiantes desean lo hagan, y ojalá contar con la experiencia de aquellos que han conseguido algo en su vida.
Aquellos que estamos en concordancia entre lo que pensamos y hacemos, estamos dispuestos a asumir cualquier tipo de responsabilidad, y el dinero no entra en este juego, por que a mi parecer las ideas no se defienden con dinero, de otra manera esto se transformaría en una guerra, y por último si tuviera que aumentar mi estadía en la universidad (ya bastante extendida), sería continuar recibiendo conocimientos.
No escribo esto con animosidad, solo entablo un diálogo que hace tiempo se ha perdido y que casualmente parece por motivos de un paro. Quisiera poder dialogar siempre, y no necesitar de un paro para hacerlo, así como quisiera tener el tiempo para imprimir mas de 5 mil afiches y hacer 10, 20, 30 lienzos y globos aerostáticos y muchas otras cosas, independiente de la gráfica que se utilice por que las ideas son las que deben estar claras, pero no veo momento para hacer todo esto estando en clases normales.
Por último, quisiera ver a todos “manifestándose”, a favor, en contra o al margen, pero haciéndolo, y que esto no fuera mal visto pues no tendría por qué serlo, y en caso de que fuera perjudicial quisiera poder enfrentar de pie el peso que tenga que caerme. Pero lo que no quiero por nada del mundo es saber que hubo algo que me parecía equivocado, y haberme quedado de brazos cruzados en la “quietud patética” y “fácil” de no hacer nada porque no me parece.
Quiero hacer lo que pienso y quiero saber que lo hago, pero también quiero equivocarme y quiero saber que me equivoco, lo que no quiero es desconocer si haré o me equivocaré alguna vez.
