O sea, a mí no me vienen con notitas. Háblenme de las notas de Picasso, de Maradona, de Mick Jagger, las notas de Mozart o de la Elfriede Jelineck, o incluso las de mi primera novia oriunda de Copiapó tan suave ella, blanca, de aroma inolvidable… no puedo recordar sus notas, sencillamente no me sirven. Esta parte del semestre en la que ahora entramos es la más asquerosa, se parece un poco al momento en que se paga la cuenta y se hacen las rebajas o las sumas o se revisa la cartola del banco que ustedes probablemente no conocen, o cuando las parejas se divorcian y cuentan cada uno lo que les pertenece: tú te quedas con la mesita de centro, yo con la niña mayor, etc.. Lo que vale en la rumba no es la cantidad de veces que te meneas. Lo que cuenta en el dibujo no son lo afilado que están los lápices. Lo que emociona en un gesto poco tiene que ver con tamaños o cantidades. Las notas son demostrativas, son herramientas de contabilidad, y el aprendizaje se parece más a una danza que a un formulario severamente cumplimentado en cada uno de sus casilleros. Las notas se fabricaron para los que no logran percibir los aromas de la vida. La mejor educación de que tenga memoria la humanidad se hacía en Grecia, y no había notas, ni escuelas, ni universidades: lo que contaba era la conversación, y quizá la música. A mi padre, sus hermanos mayores le daban uno de ellos cien pesos si se sacaba un 7 y el otro doscientos si se quedaba con un 3. No entendió bien el tema de las notas, pero sí sabía de música, de literatura, y explicaba la Revolución Francesa como si huibiera estado allí. Nunca me pidieron en la casa la libreta de notas, fui aplicado (por terror) un año o dos y luego me dediqué a vivir de la buena fama, la verdad es que me aburrían las pruebas y los exámenes, se me olvidaban apenas habían ocurrido y lo que se olvida no es aprendizaje. Nadie aprende nada creativo en un ambiente de terror. A mis hijos jamás les pregunté sus notas y han salido provechosos los niños aunque mi hijo menor, a los profes de la U que él no les tenía respeto, no les hacía buenos trabajos, con mediocres es mejor no conversar. En fin, cada cual con sus florituras. Y no sé qué notas habré tenido finalmente en esta vida perra, aunque sea meticuloso y aplicado en mis cosas, pero es que lo primero es la dignidad. La cabeza en alto y a partir de ahí hablamos. Soy lo que soy. Estoy en lo mío y no en lo que un idiota o no tan idiota con una libreta me dice que debo estar. El noteo de los últimos días es un modo de ser inconsistentes con lo hecho o no hecho durante las semanas del semestre. Lo que hice lo hice, lo que no no, por mucho que me desvele cuatro noches que no van a cambiar nada, que no van a engañar a nadie loco. Así es que me dispongo a vivir unos días sumnido en la baba de las notas, cuya mejor virtud es hacer que todos parezcan interesados en trabajar en algo que sólo a algunos o a algunas les interesa de verdad. Lo demás es coliflor podrida.


















