Taller de Diseño Gráfico V
MARZO/JULIO 2008

Prof. Juan Guillermo Tejeda
Escuela de Diseño
Universidad de Chile

11 / 04 / 2008

Me llama mucho la atención la cantidad de obras arquitectónicas que se han desarrollado -y desarrollan- en los últimos años. Haciendo el mismo recorrido de hace ya 4 años, muchas cosas no existen, como casonas viejas y abandonadas, edificios pequeños, casas amplias en sectores tranquilos, y parece que de sus restos nacen estas estructuras inmensas, que parten con una red de alambres y terminan convirtiéndose en una torre habitable. Siento que en particular, Ñuñoa –donde vivo- es una de las comunas donde más ha sucedido esto en el último tiempo. Casas majestuosas reducidas a columnas de cemento, y digo reducidas porque no alcanzan su esplendor, su gracia y menos aún su espacio, donde se sitúa una especie de “morgue habitable”, donde cada departamento es más pequeño que el anterior, todos apilados en un solo lugar, nadie puede hacer ruido, nadie puede hablar; un sitio muerto disfrazado de moderno. Este concepto de condominio se da en respuesta a la falta de espacio para construir mayor cantidad de casas y también, porque no decirlo, de la necesidad de ciertas personas de vivir unos encima de otros para sentirse más seguros.

Estas “morgues habitables” se generan en desorden, dependiendo de dónde se adquieran terrenos para construir, normalmente a costa de casas o locales antiguos, los cuales son comprados a un precio mayor del que podría ofrecer una persona ajena a estas empresas constructoras. Un edificio en medio de un barrio de casas, se convierte en un elemento invasor de la privacidad; patios y ventanales son objeto de un centenar de miradas, donde el único lugar privado pasa a ser alejado del exterior.

Ramón Fernández Durán, arquitecto español, señala en su libro “La Explosión Del Desorden: La Metrópoli Como Espacio De La Crisis Global” que este desorden se genera mediante un proceso de “acumulación y consumo” característico de las ciudades más pobladas, donde los terrenos han sido mayormente ocupados y explotados, lo que genera a un mediano y largo plazo una serie de crisis propias de la ciudad, como un deterioro del entorno –tanto habitable como no- y las funciones que éste supone.

Lo que más me aterra de este fenómeno, es la espantosa similitud de los edificios que se construyen; todos tienen una arquitectura muy similar, todos ofrecen “servicios adicionales” (los cuales evidentemente no alcanzan para la enorme cantidad de personas que lo habitan) como piscina, gimnasio, sauna, sala de eventos, todos tienen casi los mismos colores (color “damasco” y “arena”) y todos tienen casi la misma cantidad de pisos, con la misma cantidad de departamentos. Edificios estéticamente desagradables, son multiplicados y esparcidos por casi todo el centro y muchas otras comunas aledañas (como es el lamentable caso de Ñuñoa), generando un paisaje cada vez menos íntimo, menos familiar, donde lo único que interesa es elevar ( y no precisamente en cuanto a calidad) a un montón de individuos en un mismo terreno. Santiago podría llegar a ser, de la “ciudad gris” que algunos manifiestan, a una “ciudad color damasco” en un triste y aterrador futuro.

Escrito por eddai a las 1:26

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