Mi vida en Santiago ha sido invadida en los últimos años, más por los sonidos que por las imágenes de una capital llena de edificios, de smog, y de gente que transita con un paso y un gesto poco amigable. Porque mis días no comienzan ni terminan allí, Santiago se convierte en mi destino temporal, una larga escala de un viaje hacia un hermoso lugar que desde pequeña guardo en mi mente hasta hoy, tratando de no olvidar detalles.
En esta ciudad tengo ojos de turista y de santiaguina al mismo tiempo. Y recuerdo que antes de esta “invasión sonora”, disfrutaba más del privilegio de los otros sentidos. Adoraba vitrinear por el Persa Balmaceda, el “shopping de emergencia” ubicado al lado de mi casa cuando no pensaba en la posibilidad de ir a un mall. Y por otra parte era curioso (y hasta maravilloso) creer que vivía cerca del mar, estando a una cuadra del activo Terminal Pesquero y sintiendo olores que pasaban de un exquisito pescado frito a un cargamento de machas que llegaba a las 4 de la mañana para Semana Santa. Al frente, la Platanera Amstrong traía frutas del Ecuador y botaba los plátanos verdes, una aberración culinaria para mi madre que iba a recogerlos con el Cónsul de Colombia en Chile, quien cambió abruptamente el paisaje con su auto lujoso y su vestimenta de cóctel mientras se agachaba a contar las frutas, ante el desespero de sus guardaespaldas y la mirada atónita de toda la cuadra. Nos sorprendíamos con los grandes eventos, pero si me dicen que Santiago es silencioso y deprimente, el sector de Cumming con Balmaceda estaba simplemente lleno de vida, las 24 horas y los 365 días del año. Los plátanos fritos también causaron su efecto, cuando después de probarlos con unas arepas y arroz, mi madre me dice con ojos tristes y su acento igual al del Cónsul que tendremos que esperar hasta que lleguen de nuevo, “porque en Santiago son muy caros”. Ahí comienzan las primeras invasiones sonoras, con salsas y vallenatos de fondo acompañadas de algunas imágenes y más colores, mientras el resto repetía la sílaba “po” y se comía la letra “s” innumerables veces.
Vivir cerca del centro era y sigue siendo un regalo. El cemento, el desorden, los vendedores ambulantes que corren por todos lados y la gente seria que no te mira a los ojos ni coquetea al atenderte, es definitivamente mi pay per view, y también el de mi madre, que llegó enamorada de un chileno hace 26 años. Sólo el valor de un pasaje de metro, una micro amarilla o una cuncuna verde, es el necesario para sentirme parte de este espectáculo que ha quedado “adherido a mi piel” como menciona Tejeda. Me transformo en santiaguina, camino rápido y no miro mucho hacia el frente, me estreso, me enojo y la timidez me encierra por completo. De paso repito “po” menos veces que el promedio, y me trago la “s” al igual que un mote con huesillos.
Mi viaje por Santiago concluye cuando llego a mi departamento, que ahora reemplaza al Terminal Pesquero de antaño. La Platanera ya no existe, y el Persa fue demolido por completo el año pasado para otorgarle al Parque de los Reyes unas canchas y un skate park que reafirma la vida y el movimiento, pero que nos ha dado uno que otro dolor de cabeza. Y es en mi hogar donde estalla esa invasión sonora que a veces comienza a tratar de borrar mis imágenes, mis recuerdos y atenta contra mi cariño y respeto hacia esta ciudad, cuando el acento de mi madre y de mi hermano se replica en el resto de mi familia y los amigos que han llegado a Chile, que parecieran no agradecer el trabajo ni las oportunidades que han encontrado, cuando dicen: “En Santiago no ocurre nada, acá todos son callados y te miran mal si hablas fuerte”; “acá no hay parques ni ciclovías comparadas a las de Bogotá”, “la comida es mala”, “no carretean”, “te atienden pésimo”, “leen poco” y otros comentarios que pueden tener algo de cierto, pero que le preguntan a mi propio origen por qué se vino a perder el tiempo a este gallinero que no quiero que revuelvan, porque a mi parte chilena le encanta. Y lo más lamentable de todo, es que los propios santiaguinos se encargan de alimentar y potenciar estas opiniones.
De todas maneras, esos dichos no se comparan al placer de transformar esta ciudad en Santiagotá, la fusión de Santiago con el caos diferente de la capital colombiana, la cual conozco y admiro por su belleza, su progreso y su capacidad de creer en sí misma ante los clásicos conflictos terroristas que se han hecho mundialmente famosos. Una gran ciudad situada a 2.600 metros sobre el nivel del mar, con la imponente arquitectura roja de Salmona y cerca de 7 millones de habitantes, que caminan tan rígidos y serios como los santiaguinos, pero que valoran fuertemente lo que tienen, al punto de sentirse superiores en muchos aspectos. A pesar de factores como el aislamiento, que hace que Santiago necesite exteriorizarse hasta invadir y secar sus propias raíces, eso es lo que le pido a esta ciudad: más orgullo por su materia prima. Me santiagotanizo al querer esta tierra y no cambiarla, al escuchar un enredo de acentos nostálgicos, al mezclar los modismos, las canciones, las comidas y las fotografías, y al ver terriblemente en ese skate park que quiero y detesto, un resumen de mi ciudad en la definición de Manuel Gausa mencionada en “Ciudad Abandonada”: “un sistema elástico y vibrátil definido por relaciones de movimientos y acontecimientos, entrelazados y autónomos a la vez. Un sistema multifacético de redes de articulación y capas de información, de perfiles vagos, fluctuantes y variables”.

Ando tratando de ubicar a una diseñadora que se llamaba como tu e hizo unos trabajos para Bodegas San Francisco.Perdi sus datos de contacto.Por favor si eres tu respondeme al mail que indico arriba.
Atte:
Macarena