Mi ciudad, la que arrastro grabada en algún rincón de la mente, la que conocí en la infancia y temprana adolescencia, una de tantas que se superponen en el mismo espacio geográfico, una de esas que se retuercen, entrelazan y cambian en la memoria y en la retina, la que me fue heredada por mis padres, la que se construyo en el hogar, fue siempre sin que yo pudiera verlo con claridad, la imagen de un conflicto social y existencial mayor, de problemáticas que mis pre-púberes ojos aun no dimensionaban y que se mantenían escondidas bajo el telón de lo políticamente correcto y de la familia bien constituida.
De madre pinochetista, autoritaria y belicosa y padre socialista, pasivo y evasivo, la vida familiar, alimentada por una constante incertidumbre económica, siempre fue una guerra que se libraba en ámbitos ajenos a la discusión política, haciendo de los silencios un campo de batalla recurrente en la dinámica familiar.
Esta primera ciudadanía, mi primera forma de experimentar la convivencia con los otros, esquizofrénica, dividida, solapada, de silencios esquivos y dobles mensajes, se adornaba en la casa con muebles y figurillas recargadas, con ornamentos pseudo- exóticos y rimbombancias ostentosas, con la falsa apariencia de materialidades poco nobles maquilladas y decoradas con colores y formas rebuscadas. Un microcosmos rico en recorridos truncos, espacios saturados y tonos disonantes.
Fuera de la casa, la vida de barrio era tranquila, apacible, de esa tranquilidad aburguesada de barrio pituco que a pesar de parecer un tanto ficticia, era un buen refugio para la vida vecinal y las andanzas con los pares. Pero desde muy chico, la sospecha de que algo me estaban ocultando, que algo había mas allá de ese orden y esa tranquilidad acartonada siempre estuvo presente, como la sensación de estar ante un gran montaje, un escenario que en cualquier instante podría venirse abajo.
Ya con mas edad vino la vivencia de ese otro lado de la moneda, esta ciudad escondida, alejada de este orden, la ciudad sucia, manchada, ruidosa, viciosa, desencajada, una ciudad a todas luces improvisada sobre sus cimientos debido a la precariedad y la imperfección de lo que para mi era esta nueva sensación de realidad. Algo como lo que Wolfgang Scheppe, co-creador del proyecto endcommercial describe como un “subsistema autoorganizacional de economía de escasos recursos” en el que las estructuras, los recorridos y los espacios comienzan a desdibujarse en su funcionalidad, a verse intervenidos y ocupados de formas distintas a las que motivaron su implementación, y se produce una reinterpretación de los lugares, objetos y personas. La ciudad descrita en el texto “ciudad abandonada” como “una enormidad residual, como una instalación caótica, segmentada, descentrada” que de niño se me escondia pero de la cual siempre tuve conciencia.
