Taller de Diseño Gráfico V
MARZO/JULIO 2008

Prof. Juan Guillermo Tejeda
Escuela de Diseño
Universidad de Chile

13 / 03 / 2008

Nací en algún rincón de esta ciudad contaminada, y parece que el humo me contagió de su esencia. Mis primeros años se dieron en un barrio en Ñuñoa, lleno de lugares para jugar, parques, muchos árboles y en general una comunidad agradable para un niño de 4 años. Esa era mi ciudad entonces, un mundo de juegos. Cuando fui creciendo, empecé a conocer lo que de verdad era Santiago, y no me gustaba mucho. Habían lugares sucios, gente con cara de pena y enojo, todos apurados permanentemente. Pero llegó un día en que mi papá armó las maletas y partimos a La Serena. Vivimos en una casa grande, con una vista maravillosa, un patio gigante. Sin embargo, fue pasando el tiempo y me fui dando cuenta que La Serena no era para mi, al menos no para vivir; la gente parecía que siempre estaba bajo el influjo de algún relajante muscular, caminaban demasiado lento por las calles, hablaban lento, y creo que hasta pensaban de manera lenta. Tanta calma, irónicamente, me estresó: extrañaba Santiago.


Pasaron 3 años, y volvimos. Fueron años feos y grises. Estaba en un colegio que no me gustaba, donde todo era un caos y tenía una nana que me caía mal (que recuerdo, me aseguraba que su doctor le decía que el aceite de maravilla ablandaba los huesos). No se en qué momento comencé a querer esta ciudad. Me empezó a gustar el estrés, el desorden, los errores clásicos de construcción urbana (una calle muy chica, una vereda muy grande, un lomo de toro mal puesto), cerros que parecen incrustados en medio de la ciudad, el comercio ambulante, la creatividad (y la falta de ella) para ponerle nombres a las cosas, como el clásico “Quitapenas”.

Pero no todo me resulta gracioso, al menos no siempre. Me he puesto a pensar que mi ciudad está con un severo problema evolutivo. Una vez leí un texto (sólo un fragmento) de Robert Ardrey, el cual explicaba que el ser humano evolucionó su inteligencia mediante la necesidad de cazar sus alimentos. Si eso fuera cierto, creo que todos los humanos que sobrevivieron cazando deberían haber evolucionado de alguna forma, pero eso no lo veo, al menos no en mi ciudad. Gente que escupe por manía, que realiza una especie de “arte rupestre urbano” rayando los muros de una ya desaparecida caverna, lenguaje seudo-primitivo y un nivel de comprensión no mayor al de un chimpancé (y muchas veces, primates disfrazados de personas). Tanto los “evolucionados” como los que no, tienen sus respectivos barrios de ocio, pasando desde un sector llenos de cafés “alternativos” (y de precios descarados) hasta un sucucho “reggeatonero” (de costumbres descaradas). Me aterra, pero me divierte de alguna forma, vivir en esta ciudad donde conviven “homo-sapiens” y sus no bien ponderados antepasados en un lugar donde el tiempo pasa, pero no avanza.

Escrito por eddai a las 17:48

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