Lo primero que pienso cuando se trata de Mi Ciudad, Santiago, es que no pertenezco. Es difícil referirse a algo “tuyo” cuando lo sientes tan ajeno, y además, tan enorme y salvaje que es imposible que alguien pueda reclamarla suya.
Para mí, Santiago era un sueño… cuando pensaba en “la capital” con esa mente adolescente (o adoleciente) era el lugar perfecto para independizarme y crecer, conocer tantas cosas que mi natal Temuco no me podía ofrecer. Allá, el lugar más lejano se encuentra a 15 minutos de tu casa, todo el mundo se conoce y los “panoramas” de fin de semana eran rutinariamente pobres. Los veranos son envidiables, hay que decirlo, pero el resto del año la lluvia te acorrala en casa y ves por la ventana como los días pasan igual durante diez meses al año. En fin, Santiago era la oportunidad de romper la burbuja.
Conocí Santiago un par de meses antes de entrar a la gloriosa Universidad de Chile y mi primer paseo fue hasta la estación del mismo nombre… caminé por Nueva York de cara al cielo posiblemente con la misma emoción que si estuviera en gringolandia. Meses más tarde la emoción se volvió indiferencia (ya era santiaguina!). Al principio la fauna humana me dio miedo, resultó ser más salvaje que la de provincia. Descubrí que Santiago es el Chile de la tele, un país en sí mismo donde las demás regiones son el tercer mundo.
Si, la sensación que da el Gran Santiago es como estar en Oceanía, si aunque parezca una locura, Santiago es Australia y el resto de las ciudades sus islas que la rodean y dependen de ella para sobrevivir. Como EEUU y sus países esclavos, Santiago ejerce una presión cultural y económica que difícilmente otra ciudad de Chile pueda igualar. Es triste ver como una nación rica en historia y llena de diversidad, tanto geográfica como cultural, esta concentrada en una sola gran urbe, como si los hielos del sur y el árido desierto fueran sólo útiles en las revistas de turismo y en las laminitas recortables de Icarito.
Claro, no le echemos la culpa de todo a la pobre capital, al final los culpables somos nosotros. Hoy, después de 5 años, de haber vivido el enamoramiento adolescente y luego la desilusión del verdadero Santiago puedo decir que tenemos una relación estable de amor-odio. Hay cosas que detesto como su aspecto gris, seco y amargado, pero hay días en que amo su riqueza, sus tribus coloridas, sus gallardas palomas y hasta sus desastres transantiaguinos dramatizados lastimeramente en televisión. No lo siento mío todavía, pero quizá algún día…
No me queda más que disfrutar de la centralización del salvaje Gran Santiago, pasear por sus amplias calles, morir sofocada en el metro y revivir a tiempo para llegar a mi destino, visitar sus museos y empaparme de la historia y cultura chilena por la cual no tenemos que viajar para conocerla…..vamos, de algo que nos sirva ser, prácticamente Chile.

Paz, bueno el texto …..pero sin interés académico ya que no hay referentes