Amor odio… por lo que veo a varios se les pasó eso por la mente con este encargo… y en un principio a mi también, pero revisando que cosas amaba de la ciudad no encontré ninguna… es más recordé solo aquello que me hace odiarla, entonces ¿por qué se me vino a la mente amor además del odio?, cuando me hice esa pregunta fue que caí en la conclusión de que en realidad era una relación parasitaria, simbiótica no es, porque no me muero sin la ciudad y la ciudad tiene muchas victimas a quienes succionarles la vida como para afectarle mi falta. Entonces ¿cómo llegue a esto de la ciudad parásita? hummm veamos…
Nací en Santiago y pasé una parte de mi niñez en la Florida, vivía por el paradero 20 en la época en que más arriba de eso era campo, jugaba todo el día en las plazas (una plaza por cuadra) con casi todos los niños del sector. Me cambie como a los ocho años a Las Condes, y si bien el barrio era distinto seguía teniendo una plaza y vecinos con los que salía a jugar.
En esa época todos los veranos me iba al campo con mi nana, quien fue como mi segunda madre. No iba a una casita de veraneo, iba a casa de gente que vivía allá, que vivía de trabajar la tierra y de los animales. Todos los días me levantaba temprano, a veces para ir a cortar el trigo, para ir a ordeñar una vaca, para viajar al pueblo en carreta (horas de viaje) a vender leche, chicha de manzana, trigo, harina y frutas varias, y en los ratos libres agarraba unos cuantos panes recién horneados y partía a perderme a los bosques… creo que nunca olvidare esos paisajes, ese cielo de un azul tan profundo que daba vértigo, ríos cristalinos, verde hasta donde alcanzaba la vista, árboles frutales en todos lados.
Todos los años las vacaciones eran como una aventura que solía terminar con la vuelta a clases y a la ciudad, ahí creo que comenzó mi odio a la ciudad, volver cada término de vacaciones a este lugar que sin ninguna consideración se comía los espacios donde salía a jugar, donde había parques y plazas habían casas, donde habían casas habían edificios, soportando a esas micros amarillas que odiaban a los escolares, a esas personas que andaban apretujadas y a empujones a todos lados… malls… autos… ruido, smog, concreto por todos lados… me ahogo escribiendo esto… literalmente cada vez que volvía sentía que me drenaban la vida.
Son muchas cosas que odiar… y este parásito me tiene agarrado con sus anesteciantes luces nocturnas, con la música, con las películas, con las cosas ricas que hay en los supermercados, con vitrinas que exaltan mis tendencias consumistas… Me siento culpable cada vez que pienso en esto, porque puede no ser tan difícil en realidad desprenderse de este parásito… pero si no fuera por este parásito no estaría donde estoy ahora, con los amigos que tengo, ni practicando la carrera que me gusta. Fue gracias a la ciudad que me encamine en el camino del diseñador.
Comparto la visión de R.H. Giger cuando describe a la sociedad como “insectoide” donde la ciudad no es más que un grupo de colmenas cada vez más apretadas, pero no dejo de reconocer su efecto positivo en mi camino.
